Primer sábado: once voluntarios nuevos conocieron el patio y las reglas del lazo

El 16 de mayo, a las 8:40, había once personas nuevas en el patio de la sede. Algunos llegaron con una carpeta. Otros, con las manos en los bolsillos. Camila Quispe —tres años en el refuerzo— no les dio un PowerPoint. Les dio un nombre: el del niño o la niña que iban a acompañar esa mañana, y el de la persona que caminaría a su lado.
La regla es simple y no se negocia: nadie entra solo a una mesa el primer sábado. No es desconfianza. Es cuidado. El lazo tiene forma: no se saca foto de un niño sin permiso de la casa, no se comparte WhatsApp, no se promete lo que el equipo no puede sostener.
A las 9:15 bajaron a Zona Sud. Una voluntaria nueva se sentó con Nayeli y el cuaderno. No corrigió la letra. Escuchó la página 9 dos veces. Al mediodía, en la merienda, Jhonatan preguntó cómo había ido. “Tuve miedo”, dijo ella. “Después se me olvidó”. Es la misma frase de Camila, el primer año.
Cerramos a las 13:30 con un café en la sede. Magaly repasó las visitas: dos adultos, siempre. Si alguien no puede el sábado siguiente, avisa el viernes. El voluntariado en Beréa no es un evento: es un nombre que se vuelve a pronunciar.
Si es tu primer sábado, el formulario basta. Te asignamos compañero. El miedo, si viene, se queda en el primer patio.
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