Pintamos el aula de Iroco: el crema todavía olía a fresco el sábado

El 1 de agosto Iroco amaneció con menos viento. Tres voluntarios —polos navy, jeans salpicados— llegaron con dos baldes de crema y una escalera prestada por la vecina del aula. El ladrillo visto se quedó a media altura, como estaba. Arriba, el yeso viejo pidió una capa nueva.
Pintaron de las 9:00 a las 13:30, con un corte para api. El que subió a la escalera no posó: pintó. El que estaba abajo sostuvo el balde. Una voluntaria sonrió a la cámara del equipo un segundo y volvió a la brocha. El aula no es un set.
Kevin asomó a las 11:20, con doña Remedios. Tocó la pared seca del día anterior —habíamos dado la primera mano el viernes— y dijo que olía “a colegio nuevo”. El sábado siguiente el refuerzo se sentaría ahí, no en la salita prestada.
Al cierre lavamos brochas en un tacho verde. El piso de tierra del umbral se llevó las gotas. Nadie dejó el aula “bonita para la foto”: la dejamos usable. El pupitre de madera volvió a su sitio.
Si tus manos rinden más con una brocha que con un cuaderno, este es un sábado de Beréa. El formulario pregunta oficio. A veces el oficio es pintar. Sembramos fe también con una pared que ya no se descascara sobre los cuadernos.
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