Nayeli guarda un espacio en su cuaderno para un nombre que aún no llega

“Cuando tenga padrino quiero mostrarle mi cuaderno. Ya no peleo para ir al colegio.”
Nayeli, 10 años
Nayeli tiene diez años y una costumbre que el equipo ya reconoce: llega al patio de Zona Sud con el cuaderno apretado contra el pecho, no en la mochila. Si se lo guardas, pregunta a los cinco minutos dónde está. Dentro, en la tapa, hay un rectángulo en blanco. Magaly le preguntó una vez para qué era. “Para el nombre”, dijo. Todavía no hay padrino.
Antes de los sábados de Beréa se quedaba en casa. Su mamá lava por días y el hermanito —tres años, mocos y una pelota pinchada— no puede irse solo a ningún lado. Nayeli era la niñera. El colegio, un trámite que a veces perdía. “Peleábamos todas las mañanas”, cuenta la mamá, sin dramatizar, como quien habla del frío de Oruro: un hecho.
El cambio no fue un milagro de una semana. Fue merienda, un lápiz que no se le acaba a mitad de mes y Camila sentada a su lado en lectura. Nayeli no lee rápido. Lee claro. El 16 de agosto, después del refuerzo, dictó una nota que el equipo escaneó para la carpeta de espera: “Hola. Me gusta leer. Cuando tenga padrino quiero mostrarle mi cuaderno”.
Hay 47 carpetas como la suya. No las publicamos en redes. Si el lazo te llama, el formulario de Apadrina es el primer paso: te presentamos un perfil, no una vitrina. Nayeli puede ser o no. Eso también es respeto.
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En Fundación Beréa el apadrinamiento es un niño concreto de Oruro: cuaderno, merienda y un lazo que se atreve a decir el barrio.
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