Emanuel le leyó un cuento entero a su mamá. Antes le daba vergüenza la voz alta

“La tía me hace practicar despacio. Ya pude leerle un cuento a mi mamá. Eso me gustó mucho.”
Emanuel, 9 años
A Emanuel le daba vergüenza la voz alta. En el colegio de Challacollo se escondía detrás del cuaderno cuando tocaba leer. En el refuerzo de Beréa, Camila no lo expuso al círculo. Practicaban despacio, los dos, en el rincón de la mesa que da al patio.
Un sábado de mayo le leyó a su mamá un cuento de seis páginas, en la cocina, con la radio baja. La mamá lloró y después se rió: “Pensé que nunca iba a querer”. En julio, con la madrina al otro lado de una videollamada, fueron doce páginas. Jhonatan sostenía el teléfono. Nadie filmó a los otros niños de la merienda. El lazo se ve; no se exhibe.
Emanuel usa sombrero los sábados de viento. La mochila es del ciclo de febrero. Preguntó si su madrina había almorzado el mismo día de la llamada. Le dijeron: arroz y un huevo. Asintió como si eso importara. Importa.
Está apadrinado desde 2024. El plan Mesa le cubre útiles y la merienda. El resto —la vergüenza que se le fue, la voz que ahora se oye— no cabe en un recibo. Cabe en un cuento leído hasta el final.
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En Fundación Beréa el apadrinamiento es un niño concreto de Oruro: cuaderno, merienda y un lazo que se atreve a decir el barrio.
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