Camila Quispe: “El primer sábado tuve miedo. Un niño me dijo ‘ya pude’ y se me olvidó”

“Me pusieron con un grupo de lectura. Cuando un niño me dijo “ya pude”, se me olvidó el miedo.”
Camila Quispe
Camila Quispe lleva tres años en el refuerzo. El primer sábado tuvo miedo de no saber qué hacer. La pusieron con un grupo de lectura. Un niño —hoy Emanuel, entonces más chico y más escondido— dijo “ya pude”. Se le olvidó el miedo.
No es pedagoga de título. Es constante. Los viernes arma materiales. Los sábados se sienta. En agosto mandó 128 informes: foto, asistencia, dos líneas. Sin porcentajes. Un padrino de Santa Cruz preguntó por dos faltas; ella llamó: era cosecha de papa. El lazo no se cortó.
Cuando le preguntan por qué sigue, no habla de vocación con mayúscula. Habla de Nayeli y el cuaderno, de Liseth y el hermanito, de Jairo detrás del arco. “Si dejo de venir, alguien tiene que leer esos nombres en voz alta igual”, dice.
El voluntariado en Beréa empieza así: dos minutos de formulario, un sábado de inducción, un compañero la primera vez. Camila ya es ese compañero para otros. El miedo, dice, se le queda en el primer patio.
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En Fundación Beréa el apadrinamiento es un niño concreto de Oruro: cuaderno, merienda y un lazo que se atreve a decir el barrio.
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