Kevin quiere ser profesor para los wawas de Iroco. Primero pidió que le presten el cuaderno

“Cuando no hay para el cuaderno, aquí me prestan. Un tío me ayuda con las sumas.”
Kevin, 11 años
Kevin vive en Iroco. Once años. Quiere ser profesor “para los wawas del barrio”. Lo dice sin pose, mientras espera que le presten el cuaderno si en casa no alcanzó. En Beréa eso no se dramatiza: se presta, se anota, se reponen útiles en febrero.
En la carta de invierno, a 4 grados, escribió: “Tío, ya no me tiembla la mano. En mates saqué 68. Antes era 40. Gracias por la chamarra, en la noche igual hace frío pero ya no tanto”. El equipo no corrige la ortografía. El padrino tiene derecho a la letra torcida. La chamarra era del plan Camino, marzo.
Un tío del refuerzo —así le dicen los niños a los voluntarios hombres— se sienta a las sumas. Kevin explica ahora a su mamá, doña Remedios, lo que entendió el sábado. Ella vende en la feria los martes. El gas, el viento, las rendijas de la casa: eso también es el lazo, aunque no salga en la foto.
Está apadrinado desde 2023. El informe no dice “transformación integral”. Dice asistencia, una nota de mates y que la chamarra sigue en uso. Con eso alcanza para seguir.
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En Fundación Beréa el apadrinamiento es un niño concreto de Oruro: cuaderno, merienda y un lazo que se atreve a decir el barrio.
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